
En el film Space Oddissey 2001, de Stanley Kubrick, el director nos narra el surgimiento de la humanidad. En la estampa titulada, El amanecer del hombre, se muestra como la noche da paso al amanecer entre las formaciones rocosas en medio de una planicie desértica. Entre las áridas formaciones rocosas, dos criaturas diferentes cohabitan sin hostilidades en el mismo espacio. Las criaturas son primates velludos pelinegros similares a gorilas y un cerdo color cobrizo. Ambos son propensos al ataque de los depredadores que se encuentran merodeando el área. El abrigo de las rocas y la única fuente de agua es lo que mantiene a ese grupo de primates en aquel lugar. Un recurso que protegen a fuerza de alaridos y gestos intimidantes de otros miembros de su misma especie. En el amanecer del próximo día, aparece de la nada entre ellos la figura ominosa y monumental de un monolito cuadrado de terminaciones impecables. El resultado de tal encuentro místico es la manifestación del ingenio humano a través de la realización de su fuerza coercitiva. Esta realización de su fuerza a través de la herramienta le otorga el poder de imponer su voluntad ante la adversidad, biológica, geográfica y social. Impulso progresista que le lleva a alcanzar su evolución como ser humano y el dominio del espacio.
En cada momento de la existencia terrestre, toda forma de vida está sometida a la fuerza de la ley natural. Esta fuerza impulsa a los organismos a buscar, a través del artificio o agresión, garantizar la perpetuación de su existencia. Con el pasar de los años, cada criatura ha desarrollado su particular forma de artificio y agresión que le garantiza su perpetuación. El olor y la forma de las flores es un artificio que llama a los diversos insectos que garantizan la polinización. Mientras los depredadores tienen armas naturales para agredir y dar muerte a su presa, y así, ganarse su subsistencia. No obstante, el panorama se hace complicado cuando los recursos para la subsistencia son limitados. Sin mencionar la dificultad que factores geográficos, climáticos, etc., pudiesen aportar a este sistema. Por ello, los organismos se ven en la necesidad de utilizar la fuerza, para competir contra sus congéneres por esos recursos. El ser humano no está exento de la sujeción a esa máxima coercitiva de la ley natural. De igual forma, éste ha tenido y tiene que utilizar la fuerza, a través de sus capacidades, para garantizar y defender su subsistencia.
El ser humano, a través de su capacidad reflexiva y congregación, desarrolló los instrumentos sociopolíticos y tecnológicos para subsistir de manera efectiva. Hasta el punto de llegar a substraerse de la cadena alimenticia por medio del desarrollo de su cultura y civilización. El avance de la civilización de diversos grupos llevó a la configuración sociopolítica y económica contemporánea del Estado. En principio, la función de este “organismo” es otorgar estructura, orden, seguridad y permutabilidad al grupo que lo compone. Lo que permite que los individuos puedan experimentar una aparente estabilidad dentro del ‘caos’ del mundo salvaje. Sin embargo, la finitud, escases de los recursos e intereses humanos han causado siempre la interacción entre las diversas entidades sociopolíticas de los grupos. Y a partir de sus diferencias insalvables y el impulso natural de subsistencia surge la contienda que llamamos guerra. La guerra, obligados a una definición, es la utilización violenta de la fuerza y capacidad de un grupo comunitario sobre otro por alcanzar un objetivo. A pesar de esto, la guerra siempre ha tenido una connotación repudiable por la destrucción asociada a su ejercicio y el dolor que ocasiona la muerte. Especialmente, cuando el ejercicio de la guerra se convierte en una práctica inescrupulosa y sanguinaria.
El ‘organismo’ del Estado ha contribuido, según las capacidades y límites de su contexto histórico, a la concepción artificial de que en la guerra todo es válido. La guerra se representa como un estado de situación crítico con necesidades particulares. El ejercicio bélico requiere que los protagonistas de la contienda hagan lo impensable por alcanzar el éxito para frenar la amenaza. Por ello, la barbarie y cinismo del asesino se descriminalizan. De esta manera, pretenden, rápida y definitivamente, poner fin a la ansiedad, temores y límites que el otro grupo representa según argumentos del Estado. A través del desarrollo intelectual de principios teológicos, filosóficos, propagandistas entre otros, el Estado ha legitimado este pensamiento como estrategia y necesidad militar. En el aspecto teórico pensadores como Hobbes, Kant y Clausewitz son clásicos indispensables para llegar a esta concepción. Seguir esta línea de pensamiento, ha seducido al individuo, a la aceptación de la muerte, carencia o abusos en aras de proteger la integridad nacional. Según aseveran: “La libertad no es gratuita”. Finalizada ya la contienda estos parámetros de muerte y privación definirán los criterios para identificar aquellos que representan el espíritu patriótico del héroe local. Igualmente, la reflexión posterior al conflicto, evaluará y juzgará por medio de la razón, moral y justicia el desempeño en el campo de batalla. Ese momento retrospectivo lleva a los grupos a la toma de consciencia sobre la inmoralidad y atrocidad de la agresión bélica.
La guerra según se muestra es imparable. El pensamiento y carga emotiva que otorga energía a la maquinaria bélica del Estado aparenta ser parte de nuestra naturaleza humana. Al parecer es reflejo de la misma agresión que existe en las leyes de la naturaleza. Sustentado por una tendencia sociocultural al repudio, marginalización y/o exclusión de las diferencias internas y externas. Sin embargo, ninguno de estos puntos sirve de justificación para un retroceso de nuestros principios éticos y compasivos. De hecho el mismo reino de lo salvaje se muestra piadoso en comparación a los crímenes y sadismos de la guerra. Por ello, la reflexión ética de la sociedad internacional ha establecido un cuerpo de reglas que puedan establecer límites al conflicto bélico. Estas reglas se fundamentan en los mismos principios éticos y legales impuestos por el Estado para mantener el orden entre su sociedad civil. Su implementación exige la puesta en práctica de la disciplina, educación de ética y obligaciones de los participantes. Esas son las pautas a las que nos expone Michael Walzer en su libro Guerras Justas e Injustas. La guerra entonces es vista como un crimen por agresión punible por la sociedad internacional. Su única justificación recae bajo la defensa personal o auxilio a otros que se encuentren bajo opresión. Mientras que su fiscalización, aunque a posteriori, sirve para evitar que el desenfreno de la lucha y el derramamiento de sangre se conviertan en la norma. Aspecto que redunda en la protección de los no combatientes de los estragos de la guerra de manera justa y no condescendiente. Paradójicamente, para garantizar la permanencia de ese cuerpo de ley, los Estados interaccionan en una relación de respeto, confianza y regulación de su fuerza bélica, a través de su representación e imposición como potencia. Sin embargo, la clave primordial para este proceso es el desarrollo e intensidad de un código ético y moral crítico del ejercicio del poder estatal.
El filme de Kubrick, como símbolo iconotextual, tiene un llamado y una significancia particular en cada espectador. Así es como percibo en su narrativa esa correlación que existe entre conceptos opuestos de la existencia a la que nos exponen los teóricos de la guerra cuando buscan legitimar su ejercicio. En su narración se capta como la perpetuación de la vida requiere del ejercicio de la fuerza que lleva a la muerte. Como el proceso de civilización y desarrollo tecnológico nos lleva a un retroceso feroz de barbarie a través de la guerra. Que el significativo proceso de autodeterminación depende de un distanciamiento de los otros. Mientras que la justicia debe hacerse valer a través de la autogestión y presión contra el organismo estatal creado para protegernos. Ya que, al parecer, para garantizar la verdad hay que mentir y hacernos vivir el artificio patriótico. Esta antípoda existencial es mi revelación particular del monolito de Kubrick. Y aquel que logra conciliarse con ambas fuerzas inminentes en la existencia por medio de la disciplina y la razón podrá engendrar la visión de un universo nuevo.






